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ENCARNACIÓN, Paraguay – Era a fines de mayo de 2021. Karen Heredia, mujer migrante y refugiada venezolana, tenía a su esposo José intubado y en coma, en una improvisada y abarrotada sala de terapia intensiva del Hospital del Instituto de Previsión Social (IPS) de Encarnación, tras haberse contagiado con Covid-19 en los momentos más críticos de la pandemia.

Ella llevaba casi un mes pernoctando a la intemperie en el patio, junto a otros familiares de pacientes, sin poder ver a sus hijos, que habían sido recogidos por una familia solidaria. El médico que trataba a su marido había salido por tercera vez a decirle que debía estar preparada para lo peor, pero ella se negaba a escucharlo.

“¡No quiero saber!  ¡Vaya y cure a mi marido, por favor! ¡Que sus manos sean las manos de Dios! ¡Ya verá que él hará un milagro!”, le decía ella al médico.

A poco más de un año de aquel momento crítico, en que le decían con mucha crudeza que probablemente su esposo José no volvería a despertar del coma, a ella aun le cuesta creer que hayan podido regresar desde el infierno.

“Fue uno de los momentos más desesperantes de mi vida. Yo solo pensaba en qué iba a ser de mí, viuda y sola, lejos de mi país, con mis dos hijos, con el más pequeño que es autista, sin dinero, sin recursos, pero me encontré con una increíble red de solidaridad de mis propios compatriotas migrantes venezolanos, de los médicos y enfermeros, de la gente de mi iglesia y de muchas familias paraguayas, que nos ayudaron desinteresadamente, nos dieron fuerzas e hicieron que ocurra el milagro. La solidaridad con los migrantes permite salvar vidas”, asegura Karen, a poco de subir al escenario a entonar canciones venezolanas durante una feria de la comunidad migrante, en la costanera de la concurrida Playa San José.